Introducción

A lo largo de la historia, los seres humanos hemos creado diversas categorías para diferenciarnos de aquellos elementos que nos rodean. Con el paso del tiempo y el desarrollo de la sociedad, también, se han realizado intentos por crear categorías que distingan a unos humanos de otros. Una de estas categorías es la raza que, según Quijano (2019), es el centro del eje de la dominación social.

En este sentido, es pertinente definir la raza para el efecto práctico de este artículo. La raza, a lo largo de los años, ha acogido diversas concepciones. Sánchez (1960) considera que la raza es el conjunto de individuos con caracteres morfológicos, fisiológicos y psicológicos propios que hacen que se distingan de otros de su misma especie. Por ese lado, Cavalli-Sforza (2000) señala que la raza es el conjunto de individuos que son reconocidos biológicamente como diferentes. Asimismo, Sierra (2001) propone una definición de raza en la que no solo considera las características morfológicas, fisiológicas y psicológicas, sino que la raza se vuelve identificadora y diferenciadora al momento que se transfiere. Es decir, se mantiene una dinámica evolutiva en la que las características físicas y culturas prevalecen.

En esta misma línea, resulta importante considerar la conceptualización de racialización. La racialización es entendida como aquella asociación que coloca a miembros de una raza en un grupo social específico, entendiéndose esta como natural o pre-existente (Campos, 2012). Por ejemplo, se cree que una persona de la sierra sabe quechua o que un afrodescendiente es -naturalmente- bueno en deporte. Esto es producto de la racialización.

El racismo y la racialización admiten la existencia de la raza y se basan en esta categoría para naturalizar la existencia de jerarquías sociales (Campos, 2012). Así, en un contexto de discriminación por raza se tiene a una persona racista y a una racializada: la primera es quien, con base en la raza, practica el racismo suponiéndose superior y ejerciendo poder sobre la segunda, la persona racializada.

Un ejemplo cliché de este fenómeno es la situación privilegiada de los blancos de ascendencia europea, cuya posición hegemónica les permitió dominar a los pueblos nativos que iban conociendo por medio de las diferentes expediciones geográficas. Así, se construye “una escala que va desde la bestia (pueblos dominados) al europeo” (Quijano, 1995, p. 759).

Quijano (2000) considera que esta racialización se extendió desde América, a partir de una clasificación de la población “en identidades ‘raciales’ y dividida entre los dominantes/ superiores ‘europeos’ y los dominados/inferiores ‘no-europeos’”. Por tanto, “las diferencias fenotípicas fueron usadas y definidas, como expresión externa de las diferencias ‘raciales’” (p.29).

1. Antecedentes del racismo contra los afrodescendientes

La idea de raza ha tenido cambios a lo largo de los últimos 200 años. Sin embargo, el proceso de cambio y producción de relaciones sociales basadas en la desigualdad, la discriminación y el racismo sigue complejizando las interacciones sociales. Según explica Quijano (FLACSO Ecuador, 2015), la idea de raza nunca se terminó, el fenómeno aún constituye y redefine las formas de desigualdad antiguas: desigualdad y dominación con base en la raza, etnia o cultura. En esta sección se señalarán tres nociones acerca del racismo que permiten ver las transformaciones y la evolución que se ha dado desde la idea de raza a la racialización, especialmente, en las poblaciones afrodescendientes.

En primer lugar, tenemos lo que se entiende como racismo clásico (Chóez-Ortega, 2014). Este es el racismo que sirvió como herramienta necesaria y fundamental a los reinos europeos, para colonizar África y Latinoamérica, entre los siglos XV a XX y justificar y naturalizar la división entre razas (Oboler y Callirgos, 2015; Restrepo, 2012). Con base en este racismo se perpetuaron los sistemas de esclavitud y explotación de las poblaciones africanas y latinoamericanas.

Este racismo se fundamenta en el sentido de humanidad (Chóez-Ortega, 2014). Es decir, el criterio en el que se basó el racismo de la colonia fue que las poblaciones con color de piel diferentes a la blanca no eran humanas. “De esta manera, se redujo el cuerpo y al ser humano a un asunto de apariencia, piel y color; una ficción en apariencia biológica que permitió a Occidente transformar el “negro” en mercancía” (Soler, 2019, p. 196). Los cuerpos no blancos no eran considerados humanos por lo que las poblaciones africanas y, posteriormente, las indígenas fueron esclavizadas y comercializadas en la dinámica económica de la expansión europea, con base en este criterio.

En segundo lugar, está el racismo biológico. Este es un proceso que sucede entre el siglo XIX y el siglo XX, por el cual se intentó dividir al ser humano en especies humanas o razas bajo supuestos criterios científicos (Soler, 2019). El nuevo criterio con el que se sustentaba el racismo fue la existencia de características genéticas heredables que determinaban comportamientos, actitudes y capacidades físicas e intelectuales, según el color de piel (Campos, 2012). Bajo este criterio las poblaciones no blancas ya no eran mercancía, eran especies humanas con características definidas.

Estas características definidas seguían atribuyéndoles inferioridad a las poblaciones no blancas. Soler (2019) sostiene que la división biologicista acrecentó, en las sociedades modernas, la idea de diferencia del “otro” (poblaciones étnicas) y el miedo a interrelacionarse con este “otro” debido a sus características inferiores. Particularmente, las poblaciones afrodescendientes tenían asociadas a sus características biológicas, una sexualización muy grande, especialmente en las mujeres; capacidades superiores para el trabajo físico y unas limitadas capacidades intelectuales, entre otras características (Pineda, 2017). Sin embargo, este racismo biologicista tiene su fin en el siglo XX, al descartarse la teoría científica de las especies humanas (Campos, 2012).

Con el fin del sustento científico de la raza y las especies humanas, estos conceptos desaparecieron en el discurso formal. Pero el racismo no desapareció, solo se reprodujeron los prejuicios que estaban asociados a las características raciales de las personas (Soler, 2019).

Esto llevó, entonces, a un racismo basado en la racialización, es decir, un proceso por el cual se genera desigualdad contra los grupos racializados, sustentada en un orden arbitrario de jerarquías (Campos, 2012). Este racismo se sostiene en supuestas jerarquías raciales y prejuicios relacionados a las características raciales de las personas. Sin embargo, su falta de fundamentos no la elimina de las relaciones sociales en la sociedad actual. De hecho, es la causa por la que, actualmente, todavía existen demostraciones racistas explicitas e implícitas hacia las poblaciones afrodescendiente, a través de las representaciones estereotipadas, las ofensas públicas y la exclusión sociocultural, sin cuestionar a quienes discriminan (Pineda, 2018).

2. El lenguaje como mecanismo de reproducción del discurso racista

El lenguaje es una herramienta que permite representar, construir y posicionar al hablante sobre la base de categorías identitarias que existe en el medio sociocultural. Por lo tanto, esta facultad permite al hablante adquirir el poder de resignificar o recrear la realidad, a partir de la construcción de discursos, los cuales se alimentan de consensos sociales realizados históricamente por grupos de poder (Soler, 2019; Back y Zavala, 2017; Chóez-Ortega, 2014).

El racismo hacia los afrodescendientes existe hasta la actualidad, debido a que el lenguaje sigue siendo un mecanismo que reproduce el discurso racista a lo largo del tiempo, a través de estrategias discursivas lingüísticas. Por ejemplo, Soler (2019) menciona que el uso sintáctico nominal de palabras como “negro” o “persona de color”, ocasiona la invisibilización sistemática del sujeto de quien se habla en calidad de ser humano. Su identidad social, histórica y cultural se reduce a características fenotípicas estereotipadas.

Con el uso de estas nominalizaciones se construye dinámicas de clasificación y exclusión entre grupos sociales con poder y grupos subyugados. Por lo tanto, el significado no solo refiere a lo fenotípico, sino que alberga y reproduce discursos racistas que se han normalizado en la sociedad. Según Chóez-Ortega (2014), estos discursos se han perpetuado en el tiempo, sobre todo en Latinoamérica, por la estructura social colonial de occidente que aún sigue vigente en las dinámicas sociales, ejerciendo violencia a través del lenguaje hacia los afrodescendientes.

Así mismo, la significatividad que se recrea a través del uso de estos términos muestra al sujeto racializado, la persona afrodescendiente, como “un otro”. Según Back y Zavala (2017), la autoconcepción del yo está influenciada por modelos identitarios culturalmente construidos por la sociedad en la que se desarrolla la persona. Estos son transmitidos por medio del lenguaje bajo términos de una relación de poder.

Por lo tanto, las identidades del grupo de poder realizan una serie de estrategias discursivas lingüísticas que performan, negativamente, la identidad de los afrodescendientes, a través del lenguaje, con la finalidad de mantener su supremacía en la sociedad. Un claro ejemplo son los medios de comunicación masivos (televisión, radio, streaming) que, aún, perpetúan los estereotipos y creencias sobre los afrodescendientes reafirmando y naturalizando prejuicios y construcciones peyorativas referidas al color de la piel (Chóez-Ortega, 2014).

Por su parte, Back y Zavala (2017) hacen hincapié en la importancia de la reflexión de lo que hacemos con el lenguaje. Es decir, ser conscientes de “qué se nombra, por qué se hace y cómo se hace” (Faloppa, 2016 citado en Soler, 2018, p.199) ya que el uso del lenguaje, para construir representaciones en torno a la raza, puede generar efectos en el sujeto racializado como la violencia física, violencia psicológica, desventajas económicas, restricción de su derecho a la libertad, a la expresión y a las oportunidades.

3. El uso peyorativo del término “negro” deslegitima el discurso de identidad de los y las afrodescendientes

Se considera que el uso del término “negro” reproduce los discursos racistas porque estos deslegitiman la identidad de los y las afrodescendientes. Al respecto, puede -y suele- decirse que este término se entiende como un “apodo” que se dice por cariño o por confianza con la persona afrodescendiente. Sin embargo, nosotros creemos que el uso peyorativo del término “negro” deslegitima el discurso de identidad de los y las afrodescendientes.

Tal como afirman Batista y Pinto (2020), la definición de la negritud no solo se compone del color de la piel o del fenotipo, sino que supone todo un imaginario social construido a lo largo de la historia. Historia en la que los nativos africanos fueron esclavizados en países como el nuestro, condición que desencadenó una lucha por exigir derechos, que hasta hoy no termina.

En esa misma línea, coincidimos con Valdivia (2013) cuando sostiene que el racismo es estructural, puesto que las prácticas racistas se invisibilizan tanto en la sociedad actual como a lo largo de la historia -escrita y contada por los blancos-. De este modo, no se valora apropiadamente el aporte histórico y cultural de los y las afrodescendientes, elementos que forman parte de la construcción de la identidad de las personas afroperuanas. Su identidad se deslegitima al usarse el término “negro” de forma peyorativa, ya que hace alusión a los estereotipos racistas que se reproducen constantemente.

Conclusiones

El racismo se ha manifestado de forma sistemática en la vida cotidiana de las personas afrodescendientes. Esto es consecuencia de la presencia de mecanismos de reproducción y perpetuación del discurso racista de la raza dominante.

 A esto se suma el antecedente de proyecto democrático de nación que no consiguió integrar las poblaciones racializadas dentro de la política y darles la representatividad desde sus inicios. Para el caso específico de las poblaciones afroperuanas, su espacio dentro del marco de la discusión teórica llega a ser secundaria, con relación al de las poblaciones andinas o amazónicas.

También, consideramos que el uso de términos que refieren a los rasgos fenotípicos de los afrodescendientes vivifica y recrea su identidad de forma negativa y subalternizada. Esto genera dinámicas de invisibilización, clasificación y exclusión que mantienen la supremacía de un grupo con poder.

Finalmente, sostenemos que las estrategias discursivas usadas por la sociedad, heredadas del colonialismo y perpetradas por medios de comunicación, normalizan el discurso racista contra las personas afrodescendientes, impidiendo que se puedan eliminar prácticas sistemáticas de violencia y segregación.

Referencias bibliográficas

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